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La inteligencia artificial ha estado cambiando por completo el escenario del desarrollo de software, marcado por ciclos largos, planificaciones extensas y ejecución manual. Antes podías tardar meses en construir un producto, y hoy tarda semana (o incluso menos) cuando se integran correctamente herramientas basadas en IA.
Es por esto que la pregunta ya no es si usar IA o no, sino cómo usarla de forma estratégica.
Lo que más destaca en el impacto de la IA es cómo ha reducido nuestros tiempos de desarrollo. Cosas como la automatización de tareas repetitivas y la generación de código permiten que uno se concentre en lo más estratégico, en resolver problemas de negocio.
Y sí, está el miedo del reemplazo a los desarrolladores. Pero en mi experiencia he descubierto que la IA no hace más que potenciar nuestras capacidades, ayudándonos a avanzar más rápido y con mejores resultados.
Por ejemplo, hoy existen herramientas capaces de tomar historias de usuario, interpretarlas y transformarlas en prompts estructurados o incluso en planes de desarrollo. Ese output luego lo puede tomar otra IA que aplique directamente esos lineamientos en el código.
Incluso, con enfoques de modo agente, la misma IA puede ejecutar el desarrollo, probar y ajustar el código. Así el desarrollo se vuelve más iterativo y guiado por intención.
El ecosistema de modelos de IA está en constante evolución. Vemos cómo modelos de OpenAI, Google o Anthropic compiten liberando nuevas versiones casi todos los meses, y lo que hoy es el mejor modelo para programar, mañana puede no serlo.
Esto está obligándonos a probar constantemente, comparar resultados entre modelos y elegir según nuestro caso de uso. Pero finalmente no existe una única respuesta correcta: todo depende del objetivo, el contexto y el tipo de desarrollo.
Y la competencia no se da solo a nivel de modelos, sino también de herramientas. IDEs como Visual Studio Code, el auge de editores con IA integrada como Cursor, o nuevas plataformas que aceleran el desarrollo están redefiniendo la experiencia de los equipos. A esto se suma el uso de plataformas no-code y low-code impulsadas por prompts, como Lovable o Bolt, que permiten crear páginas y productos funcionales en tiempos récord, algo impensado hace solo un par de años.
La velocidad del cambio es evidente: quien no usa IA y no se actualiza constantemente, pierde ventaja competitiva. En el desarrollo de software, quedarse con las mismas herramientas o enfoques durante meses puede significar trabajar más lento, con mayor costo y menor impacto. Adoptar IA es una decisión estratégica.
La inteligencia artificial no está “tomándose” el desarrollo; en realidad lo está transformando. Los equipos que entienden esto y se adaptan mes a mes logran entregar más valor, en menos tiempo y con mayor foco. Por eso creo que la clave no está en usar todas las herramientas (uno se volvería loco), sino elegirlas bien, experimentar y aprender rápido.
En este nuevo escenario, la ventaja no la tiene el que sabe más, sino quien mejor se adapta.